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‘Ahnenerbe’, nazis en busca de un pasado

Posted By NuriaB On Agosto 30, 2008 @ 8:02 am In Actualidad, Neolítico, II Guerra Mundial | 1 Comment

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En 1935, Heinrich Himmler creó un instituto de investigación con fines políticos

Una cálida mañana de agosto 1936, el dirigente nazi Hermann Wirth ascendió por la suave pendiente de una colina de granito al norte de Bohuslän, Suecia. Abajo, su equipo descarga los camiones, que transportan “yeso blanco, tablas de madera, cubos de agua y rollos de arpillera”. Al atardecer, Wirth descubre algo que evidenciaría el paso de la raza nórdica en su viaje hacia el sur, el germen de la raza aria.

El nazi se inclina sobre una roca y, entre los matojos, descubre docenas de figuras talladas en granito que pueblan la superficie. Allí, un guerrero de metro y medio de alto esgrime un falo erecto al tiempo que agita una gigantesca hacha que lleva en la mano. Semanas más tarde, su séquito ha recolectado 55 enormes moldes, una colección de arte rupestre que, según Wirth, “jamás tendrá parangón”.

La Historia, según el nazismo

Aquella fue la primera excursión de la Ahnenerbe, un instituto que tenía como objetivo desenterrar evidencias de los logros de los alemanes, remontándose hasta el Paleolítico si era posible. El grupo fue fundado en 1935 por Heinrich Himmler, el jefe de las temibles Schutzstaffel, más conocidas por sus siglas, las SS.

La Ahnenerbe poseía laboratorios, bibliotecas y talleres museísticos. Hacia 1939, tenía en nómina a 137 científicos alemanes, y empleó a otros 82 trabajadores auxiliares entre cineastas, fotógrafos, pintores,  bibliotecarios, técnicos de laboratorio, contables y arqueólogos. Un grupo de élite que no dudó en dar al traste con siglos de Historia para retratar el mundo según lo veía Hitler.

Los nazis ignoraron el legado de Egipto y Mesopotamia, y convirtieron la cultura griega y romana en producto de una casta de indoeuropeos rubios, altos y de ojos azules provenientes del norte de Europa.

Así, la Ahnenerbe conservó monumentos -incluidas la sinagoga Staranova de Praga o los cementerios de Worms y Renania-, construyó otros en homenaje a los héroes del nacionalsocialismo y creó departamentos que estudiaban danzas populares y canciones tradicionales, folklore, leyendas, geografía sagrada e incluso ciencias paranormales.

La parte más fascinante del grupo fueron las expediciones en el extranjero, que incluían expolio, apropiación de simbología y búsqueda de fuentes que arrojasen pistas sobre la presencia aria. Entre ellas, viajes al Tíbet, norte de África, Sudamérica, Oriente Próximo y Escandinavia, donde se apropiaron de espadas vikingas, cascos de oro, cinturones de la Edad de Bronce y puntas de flecha escitas en bronce.

Las excursiones por Oriente

En Asia, Himmler defendió que las élites -jefes mongoles y samuráis japoneses- descendían de antiguos conquistadores europeos. Una idea extravagante, pero no imposible para los nazis, que defendían que “una primigenia raza dominante lanzó el primer asalto al continente hace miles de años, entrando en China y Japón. Allí, los cabecillas se convirtieron en terratenientes y nobles”. En 1938, la institución, comandada por Ernst Schäfer y Bruno Beger marchó al Himalaya, donde recogieron fotografías y dibujos de los dioses tibetanos, copias de las tablas astrológicas, calendarios del Tíbet e información de los viejos lugares sagrados de la antigua religión chamánica del país, conocida como bon. Asimismo, registraron inscripciones grabadas en los muros monásticos y estudiaron unos 300 cráneos para probar que la zona fue lugar de nacimiento de una “raza norteña”.

Una nueva política

“¿Por qué tenemos que llamar la atención sobre el hecho de que no tenemos pasado? Himmler se entusiasma con cada fragmento de vasija y cada hacha de piedra que se encuentra”, le confesaba Hitler al arquitecto oficial del Reich, Albert Speer. El Führer detestaba la corriente esotérica de algunas de las expediciones, pues el nacionalsocialismo no era “habladurías y sagas”, y odiaba la visión de una antigua civilización nórdica como matriarcado gobernado por sacerdotisas y adivinas. Es más, distaba de la idea nazi de las mujeres alemanas como sumisas fábricas de bebés.

Por orden directa de Hitler, las investigaciones de la Ahnenerbe viraron al expolio durante la Guerra Mundial. Con la invasión de Polonia, a Himmler se le ocurre asaltar museos y apropiarse de hallazgos, documentos y monumentos para legitimar la conquista de un territorio que “legítimamente” les pertenecía. Se apropiaron de archivos, colecciones públicas, castillos, casas solariegas y otras residencias, y se llevaron escrituras, libros, documentos, cuadros, esculturas, muebles, objetos de plata, alfombras de calidad y joyas caras. Acto que se repetiría en todas las conquistas del Reich.

En 1945, los juicios de Nuremberg procesan a los nazis supervivientes a la guerra. Himmler evitó el calvario y mordió una cápsula de cianuro. Murió en el acto. Antes, acusado de genocidio, miró las fotos de prisioneros esqueléticos y se encogió de hombros. “¿Acaso soy responsable de los excesos de mis subordinados?”, preguntó.

Arqueología al servicio de Hitler

Tras cinco años investigando, la periodista canadiense Heather Pringle desvela en ‘El plan maestro’ (Debate) cómo el fanatismo y las ideas afines a la visión hitleriana de la Historia se impusieron al método científico.

Via: [1] publico.es


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