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Arqueología para presos

Posted By Historiador On Agosto 23, 2008 @ 8:44 am In Arqueología, Actualidad | No Comments

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Una quincena de reclusos de la cárcel de A Lama (Pontevedra) colabora en las tareas de excavación de un yacimiento milenario

El patrimonio arqueológico no consiste en ver y no tocar”, avisa el arqueólogo Carlos Otero. Con esta máxima, la de dar a conocer un yacimiento milenario como es el del castro de Castrolandín, en el municipio de Cuntis (Pontevedra), se desarrolló días atrás una novedosa experiencia coprotagonizada por una quincena de reclusos procedentes de la cárcel pontevedresa de A Lama.

“Un castro no es ni más ni menos que una aldea fortificada muy habitual entre los siglos VII antes de Cristo y el III de nuestra era”, sintetiza Otero, habituado sin duda a bregar con visitantes poco duchos en historia y arqueología.

Desde el año pasado, los trabajos realizados en el yacimiento pontevedrés, dirigidos por expertos del Laboratorio de Patrimonio, Paleoambiente e Paisaxe, una unidad asociada del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad de Santiago de Compostela, persiguen ante todo la divulgación de conocimiento. “En estos momentos, nuestra labor está dirigida a la difusión y a la participación de la gente, a informar de cómo era un poblado típico de esa época. La divulgación, en este caso, resulta más interesante que seguir avanzando con las excavaciones”, asegura el arqueólogo.

Los vecinos están orgullosos de lo que representa Castrolandín, por el que pasan cada año cientos de escolares, aunque los estudiantes no son los únicos visitantes del yacimiento.

Clases y trabajo duro
El afán didáctico que mueve a los estudiosos del Laboratorio de Arqueología del Paisaje del Centro de Estudios Padre Sarmiento (CSIC), en Satiago de Compostela, ha permitido la materialización de un acuerdo con la cárcel de A Lama, gracias al cual se autorizó la participación de un grupo de presos, durante la última semana de julio, en labores de mantenimiento y excavación en tierras de Cuntis. “Queremos que [los reclusos] aprendan cosas, que se impliquen en el campo de trabajo, pero, sobre todo, que sepan qué es lo que están haciendo y por qué lo hacen”, precisa Carlos Otero.

Los internos de Pontevedra emplearon por ello la mitad del tiempo que permanecieron fuera del presidio -supervisados en todo momento por una funcionaria de prisiones y por un educador- realizando una labor fundamentalmente física, excavando. La otra mitad de la jornada la dedicaron a recibir algo parecido a clases magistrales de los técnicos.

“El hecho de poder salir de la cárcel durante estos cinco días, al menos por unas horas, supone un premio para nosotros, una recompensa. Contribuye a romper la rutina de la prisión, que es brutal y que desestructura. El tiempo que estamos en el campo tenemos una sensación de casi libertad”, advierte, mientras se limpia el sudor de la frente, Jorge (prefiere no desvelar su apellido), en prisión desde 1998. Le restan menos de dos años para cumplir su condena.

A decir de sus caras sonrientes, ni a Jorge ni a sus compañeros parecen importarles las altas temperaturas. Parecen casi un grupo de amigos que ha salido de pic-nic. Tras bajar del autobús que los traslada desde el centro penitenciario al yacimiento y depositar sus piscolabis a la sombra de un árbol centenario, de un modo más o menos ordenado el grupo se encomienda a las labores que le han sido asignadas.

Colaboración de los presos

“Nunca antes había vivido en Galicia, a pesar de que mis abuelos son gallegos, así que poder ver y tocar todo esto hace mucha ilusión”, explica Jorge señalando al entorno. “Sobre todo porque me apasiona la historia y la arqueología”, reconoce. “De qué periódico eres”, inquiere de repente, antes de proseguir con la narración de sus experiencias. La respuesta le da pie a iniciar un análisis improvisado, pero no por ello menos pormenorizado, de la situación actual de los medios de comunicación en España. “Trabajé varios años en Onda Cero León”, se justifica, mientras cita a reputados profesionales con los que compartió tareas en otra época de su vida. “La historia la puedes leer y aprender en los libros”, confiesa acto seguido el recluso. “Pero los conocimientos que sacamos de una experiencia directa, como ésta, en el campo, es única”, recalca con insistencia, mientras fija la vista en los que serán sus compañeros de tajo durante toda la semana.

A sus 25 años, Moisés Pérez, condenado a cuatro años, lleva ya 18 meses en prisión. “Mi compañero de celda participó el año pasado en la excavación y me había hablado muy bien del proyecto”, explica. “Soy de aquí al lado, de Vilagarcía de Arousa, y estaba harto de ver castros por todas partes. Pero lo cierto es que nunca supe muy bien qué es lo que eran ni para qué servían. Participar en este programa me está ayudando a comprender mejor las costumbres y modos de vida de nuestros antepasados; me permite conocer de dónde venimos y encima me siento útil”, afirma con evidente satisfacción. “Tengo compañeros que ya están libres y que en ocasiones vienen a vernos a las salidas a las que nos llevan. Se acercan a visitarnos y eso es muy bonito”, confiesa.

Cuenta el arqueólogo Otero que mientras los reclusos están enfrascados en las labores de excavación, ninguno se refiere a su condición de preso. No hablan de la cárcel. Sólo cuando se acerca la hora de regresar al presidio se dan de bruces con la triste realidad. “Lo peor es cuando nos metemos en el autobús camino de la cárcel”, evoca una gijonesa de 28 años - “pon sólo Vanesa, que me gusta más”,pide a la periodista-, cuatro de ellos pasados en prisión… La asturiana admite que estos días que toca excavación empieza la jornada mucho más animada, pensando “en lo que le espera fuera”. Según explica Vanesa, se apuntó a los cursos de historia que se impartían en la cárcel “sin saber muy bien en qué consistían”, pero ahora considera que la decisión fue todo un acierto. “Me gusta la historia”, explica “y con todo lo que he aprendido en este tiempo, ya empiezo a entender mejor muchas cosas que antes desconocía”.

“Deberíamos contar con muchas más actividades de este estilo”, propone José Iglesias, mientras no quita ojo a otra reclusa, su novia, que sigue la conversación a pocos metros, sin soltar la azada. “Nos beneficiamos nosotros, que podemos salir de la cárcel por unas horas, y además hacemos una labor social importante”, reflexiona el preso, que cuenta con un aliciente añadido a esta jornada campestre: “Estoy a punto de salir en libertad. Y mi novia también”.

“El otro día mis compañeros encontraron un caballito de bronce que parece que es una pieza importante”, interviene otro de los internos, Antonio Marcote, afanado en la excavación en el interior del parapeto castreño. Nacido en la ciudad pontevedresa de Vigo, Marcote, que cumple una condena de 10 años, dice que este tipo de actividades le permiten “tener la cabeza ocupada”. Además reconoce que siempre que el régimen penitenciario se lo permite, se apunta a actividades de voluntariado.

A Benito le ocurre algo similar. Cuenta que su familia es “bastante conocida”, por lo que “por respeto a ellos”, mantiene su verdadero nombre en el anonimato. Este recluso, como sus compañeros, también se apuntó en la cárcel de A Lama al curso de arqueología que allí se imparte y que, según precisa, incluye un total de ocho salidas “para visitar petroglifos y castros”. Habituado a tratar con los medios de comunicación -”participo en una tertulia radiofónica”, apostilla acto seguido-, explica locuaz que las salidas programadas de prisión suponen “una recompensa, siempre y cuando la progresión del preso sea la adecuada y se den las circunstancias para poder salir”. Hechas las precisiones, Benito, el relaciones públicas del grupo, no pierde la ocasión para sugerir a quien corresponda que estas experiencias de inserción “deberían hacerse más a menudo”.

Viviendas celtas por excelencia

En el pueblo de Cuntis el yacimiento arqueológico celta es motivo de orgullo para sus habitantes. Sin ir más lejos, su recuperación y estado actual se debe en gran parte al empeño de los vecinos. “En el año 2000 todo estaba cubierto de pinos y maleza, había caído en el olvido”, explica Otero. Ocho años después, la mano de los arqueólogos y el trabajo desinteresado de vecinos y estudiantes internacionales que acuden cada verano a los campos de trabajo, han hecho el resto. En el centro del pueblo, además, tiene su sede la fundación Terra Termarum, responsable de la pervivencia del castro y centro administrativo del yacimiento, donde se puede obtener información adicional del paraje. También es posible el alquiler de modernas audioguías, en formato MP4, que incluyen imágenes y una explicación en distintos idiomas, así como reproducciones de barro, realizadas a mano, de utensilios (vasijas, cuencos) hallados en el castro.

“Hay que luchar contra la idea preconcebida de que los celtas vivían como salvajes. Era gente muy organizada y desarrollada”, explica Otero. “Tampoco es cierto que la casa castreña sea únicamente una vivienda, sino que incluye un espacio para guardar el grano, un patio, un lugar de trabajo, una huerta”. Y todo ello, decenas de siglos después, permanece en pie y, al menos para algunos, más acogedor que nunca.

Via: [1] publico.es


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