Las guerras de Alejandro
21 February, 2008 on 8:33 am | En ArqueologÃa, Actualidad |

Robin Lane Fox, autor del éxito El mundo clásico, ofrece en la monumental Alejandro Magno una sensacional aproximación a la figura del conquistador. Para el historiador, el rey de Macedonia es un personaje fascinante que representa el encanto de la juventud y la gloria.
Alejandro Magno: el solo nombre lo deja a uno boquiabierto, con la mirada soñadora perdida en un horizonte infinito de grandeza, pasión y misterio. “Alejandro tenÃa magia, la magia de la juventud, fue un hombre de ambiciones apasionadas y no creÃa que nada fuera imposible”, afirma Robin Lane Fox (Eton, 1946), que desborda un arrebatado y contagioso entusiasmo al hablar del personaje. El autor de Alejandro Magno. Conquistador del mundo (Acantilado), un monumental ensayo de 800 páginas devenido un clásico y que se lee compulsivamente, entre el chasquido de bronce de las sarisas, el silbido de angustia de los elefantes mutilados en el Hidaspes y el “¡Alalalalai!” de la caballerÃa macedonia en Isos, es un historiador muy poco al uso: capaz de emocionar profundamente, dotado de un enorme sentido del humor y una calidad literaria extraordinaria. “Alejandro es mi vida”, confiesa. Dice Lane Fox que el gran Alejandro nunca se aburrió ni hizo jamás nada aburrido. Leyéndolo y escuchándolo a él asà parece. “La historia no es verdad sólo cuando resulta aburrida”, recalca.
¿Era de verdad tan valiente Alejandro, corrÃa tantos riesgos?
SÃ. Lo prueba el hecho de que sufrió muchas heridas. Esa actitud, ese valor, era crucial para sus éxitos. Alejandro siempre se pone frente al peligro. No tenÃa miedo.
Pero ¿se puede dirigir una batalla desde en medio de la misma, en pleno fragor, luchando al mismo tiempo?
Alejandro basaba su estrategia en movimientos rápidos, creaba un punto débil en el enemigo, un lugar de fractura y concentraba todo el ataque ahÃ. Empezaba con un despliegue digno del ajedrez, que mostraba y abrÃa esa debilidad del rival. Y entonces se lanzaba liderando el ataque.
Entonces no podÃa revisar el plan…
No, era todo o nada. No habÃa medias tintas. Es cierto que, recuérdelo, contaba con unas tropas enormemente profesionales y muy buenos oficiales, conducÃa el ejército creado, adiestrado y testado por su padre Filipo.
Pero él podÃa morir en cualquier momento.
Desde luego. Fue muy afortunado. Pero en la India, en el Punjab, en las murallas de Multan…
¿La misma Multan Sikh del asalto británico en 1849 tras el asesinato de Agnew y Anderson y su puñado de gurkas?
Exacto, Alejandro, en su momento, también sitió la ciudad, una fortaleza temible. Impaciente por el lento progreso de sus hombres, tomó una de las escaleras de asalto y trepó él mismo a las almenas, seguido por uno de sus veteranos que embrazaba el supuesto escudo sagrado de Aquiles, cogido por el rey en el templo de Troya. El caso es que la escalera se rompió, dejando al heroico pero irresponsable Alejandro aislado en lo alto de la muralla y casi solo en el ataque. Repartió tajos a diestro y siniestro, pero un arquero le clavó una flecha de un metro en el pecho. ImagÃnese la escena. Se salvó porque finalmente sus tropas pudieron reunirse con él, pero la herida fue muy grave, posiblemente le perforó un pulmón y dejó a Alejandro casi lisiado. En fin, ése era él, energÃa, impulso, coraje inconsciente… Si puedes ser asÃ, ¡qué ejemplo para tus soldados! Eso explica la devoción que despertaba, única. Sus hombres lo veneraban y lo seguÃan a todas partes. Es cierto que no es el hombre al que confiarÃas tus ahorros: ¡demasiado arriesgado!, aunque podrÃa hacerte rico…
Pierre Briant, el eminente orientalista especialista en el mundo persa, me dijo en una conversación que en realidad Alejandro luchaba muy protegido, que se arriesgaba poco, vamos.
Bah, Briant es francés. Las heridas y la naturaleza de Alejandro dicen lo contrario. ¡Briant deberÃa haberlo visto aquel dÃa en las murallas de la fortaleza india! Filipo era igual. Filipo está poco valorado, pero él fue el que creó el ejército que usó Alejandro, era un gran militar. Filipo y Octavio Augusto son los dos grandes organizadores del mundo antiguo.
Hablando de Filipo, conoció usted al gran Manolis Andronikos, el arqueólogo que descubrió la tumba del padre de Alejandro, uno de los grandes hallazgos del siglo XX. Era un hombre extraordinario.
SÃ, estuve en 1977 con él, en Vergina, la antigua Aigai capital del reino macedónico, el mismo año del descubrimiento. ¿Ha estado allÃ?
SÃ, con Valerio Manfredi, que se puso a declamar trozos de su novela Alexandros en el preciso lugar donde asesinaron a Filipo, en el teatro.
Vaya. Recordará la cabecita de marfil del lecho hallado en la tumba y que representa a Alejandro. Todo el ajuar funerario es asombroso. El larnax de oro con las cenizas, la coraza, las canilleras de bronce, la aljaba.
Se puso en duda el hallazgo.
Desde Estados Unidos, sobre todo, se atacó a los arqueólogos griegos y se dijo que la tumba no era la de Filipo sino la del medio hermano retrasado de Alejandro, Arrideo, hijo de Filipo y una amante tesalia, quizá una bailarina. Siempre es sano cuestionar las cosas, pero la tumba es sin duda la de Filipo.
Dice la tradición que Alejandro olÃa bien. Eso siempre me ha fascinado.
Se dice que desprendÃa un olor dulce. Pero ha de entender que no se trata de un rasgo personal, de hábitos de higiene, era algo divino, un sÃmbolo de divinidad. Supongo que, en realidad, en batalla debÃa oler fatal.
Parece que era muy guapo.
¿Guapo? En las imágenes lo es. Podemos creerlo o no. Era bajo. Quizá tenÃa grandes ojos o los exagerarÃa. Las mujeres lo amaban, y algunos hombres. Pero ¿no nos amarÃan igualmente a usted y a mà de ser nosotros también reyes poderosos?
Se le ha calificado de “el James Dean de la antigüedad”, ¿qué le parece?
Tiene gracia, ¿y por qué no el Douglas Fairbanks? Algo de estrella tenÃa, se anticipó a Hollywood, pero Alejandro no era un actor, era un rey.
¿Cómo cree que murió?
Eso es un problema. En Alejandro nada es sencillo, ni su final. Desde que cayó enfermo hasta que murió transcurrieron dos semanas. Lo que parece un claro indicio de que no fue envenenado: hubiera sido muy arriesgado darle algo que no le matara rápidamente. La hipótesis del asesinato sirvió a los que aspiraban a sucederle para acusarse unos a otros.
Se ha propuesto que pudo morir de malaria.
¿Una sola persona de todo el ejército? HabrÃa habido más casos. Y el patrón de la enfermedad no coincide.
¿La bebida, entonces? Parece que era un gran bebedor.
Desde luego no cuando dirigÃa su ejército. Una tradición achaca la muerte de Alejandro a sus vicios. Nunca he estado de acuerdo. Mi opinión es que murió por causas naturales. Alejandro era seguramente un hombre devastado por los esfuerzos. HabÃa sufrido nueve heridas en diferentes partes del cuerpo. La verdad es que no podemos saber a ciencia cierta qué pasó. En el libro he tratado de barajar todas las hipótesis.
La tumba, el cuerpo, ¿dónde cree que están?
Era un gran mausoleo, en el área pública de AlejandrÃa. Fue muy visitado en la antigüedad. Pero ha desaparecido. Quizá sigue ahÃ, bajo la ciudad moderna o en la vieja zona de los palacios que ha cubierto el agua. ¿Y dónde está, por cierto, la tumba de Hefestión, su amante? Se la concibió como uno de los monumentos más asombrosos del mundo antiguo. El monumento más grande jamás levantado para un novio.
Sorprende en Alejandro el equilibrio entre vehemencia y cálculo polÃtico.
Alejandro es impetuoso, ésa es su naturaleza, pero es además muy inteligente. Es rápido en captar las situaciones: su forma de tratar a la familia de DarÃo, a los sacerdotes egipcios, su gesto de restaurar monumentos, la magnanimidad que muestra con el enemigo que se rinde… hay en todo ello generosidad, sin duda, pero también mucha inteligencia, mucho arte del poder. Lo que hizo de incorporar iranios a la Administración del imperio, su idea de crear un imperio de los mejores sin tener en cuenta su procedencia, fue muy inusual, y muy inteligente. También es un conquistador, claro, pero es un error verlo sólo como el hombre de riesgo, el aventurero.
Venga, hablemos de su vida sexual.
A algunos historiadores les gustarÃa que sólo hubiera amado a hombres, chicos y eunucos. Pero amó a ambos sexos. Se enamoró de Roxana y de Hefestión. Tuvo amantes apasionados, dos esposas persas más y durmió con una reina india. ¡Afortunado mortal! También se dice que se acostó con una amazona, pero dejemos eso en el terreno de la leyenda.
Entonces, lo de Alejandro como icono gay…
La realidad es más poliédrica. Era joven, vital, conquistador del mundo: podÃa acostarse con quien quisiera, y lo hacÃa. Es cierto que Hefestión fue probablemente la relación verdadera más importante de su vida.
¿Se recreaba a sà mismo Alejandro, se modelaba literariamente?
La gente lo hace. La gente cambia su vida y la modela por la literatura. Él eligió el ideal de un héroe homérico. En Troya, Alejandro hizo esperar al ejército para rendir tributo a sus modelos. Corrió desnudo hasta el sepulcro de Aquiles. El acto de un romántico. No era sólo propaganda. El macedonio era un reino homérico, en el que todas esas historias estaban muy vivas. Macedonia no era Atenas.
¿Qué plan tenÃa? De haber podido, ¿hasta dónde hubiera ido?
Lo querÃa todo. Quiere ir hasta los confines del mundo. Explorar y conquistar hasta las cuatro esquinas del mundo. Va al Este pensando que el fin del mundo está en la India. Su siguiente paso era, obviamente, el Oeste. Pero su geografÃa era muy mala. En la India pensaba que estaba cerca de Egipto, y confundió el Hindu Kush con el Cáucaso de Prometeo.
Conquistarlo todo, pero ¿por qué?
Porque era glorioso. Por eso se da el nombre a las ciudades -él a sus más de veinte AlejandrÃas-. Por ser inmortal.
HabÃa leÃdo mucho a Homero.
Lo leyó demasiado literalmente.
¿QuerÃa morir joven, habÃa una búsqueda irracional de eso?
No. La gloria era más importante que la vida, pero no, no hay una pulsión de muerte en Alejandro si se refiere a eso. TenÃa muchos planes. No pararÃa.
No dejó precisamente las cosas bien atadas. Eso que dicen que contestó en el lecho de muerte cuando le preguntaron a quién le dejaba el reino: “Al más fuerte”…
Eso son leyendas, Alejandro seguramente murió sin poder hablar. No creo que pensara mucho en su sucesión. Era muy joven. Dudo que imaginara que le fuera a pasar algo. Ése es un rasgo tÃpico de la juventud.
¿No cree que hay algo irreductible en Alejandro, algo inexplicable?
Es posible. Pero tuvo suerte, y tres cosas que contaban mucho: ejército, oportunidad y ambición.
Su colega Bosworth, en su libro Alexander and the East (Clarendon Press, 1996), pone el acento en el horror de las campañas de Alejandro y lo describe como un verdadero genocida. Dice que tenÃa “una estremecedora eficiencia en la matanza”.
A Bosworth no le gusta Alejandro. Alejandro no buscaba la masacre. No era un déspota al uso corrompido por sus grandes conquistas. Si te rendÃas habÃa honor. Sólo se mostró implacable con los que se obstinaron en resistÃrsele, los que cuestionaban su grandeza.
Un guerrero, un conquistador belicista, eso juega hoy contra él.
No nos gusta la conquista, los muertos; pero en el mundo de Alejandro la conquista era gloria. En mi libro hago una reinterpretación de Alejandro desde el punto de vista de su propia moralidad. No desde nuestro punto de vista moderno vegetariano y pacifista. Su identidad homérica, su identificación con Aquiles, no era irrelevante. CompartÃa esos valores heroicos. No tiene sentido criticar a Alejandro en relación con unos valores morales que, simplemente, entonces no existÃan. Hay que ver el mundo con sus ojos. Durante años estuvo de moda escribir viendo a Alejandro pequeño y no grande -¡Alejandro el MÃnimo: qué error, qué estafa!-, y su imperio como un reino de terror. Pero Alejandro no era Stalin ni Hitler. Los años cincuenta proyectaron en Alejandro sus propios temores. Pero, si lees esos libros de entonces, te preguntas, ¿por qué la gente seguÃa a Alejandro? ¿Cómo alguien se sentirÃa fascinado por ese tipo? Por eso escribà mi libro, para explicarlo. Alejandro era un genio, un hombre extraordinario, como sabÃan todos en su tiempo. Me reprocharon que mi punto de vista era el de un inglés nostálgico del Imperio Británico. Están ciegos, no ven que Alejandro no es un imperialista ni un colonialista. Las interpretaciones cambian pero la antigüedad no, y no debemos traicionarla.
Usted es un caso único entre los historiadores de Alejandro: ha podido luchar bajo su mando, entre sus filas. ¡Eso es empirismo!
Hice de asesor de la pelÃcula de Oliver Stone y durante el rodaje en Marruecos, en 2004, me dejó hacer de extra como soldado de caballerÃa macedonio en la escena de la batalla de Gaugamela. Todos, menos yo, eran expertos jinetes, la mayorÃa españoles -aunque en realidad Alejandro no tuvo, claro, caballerÃa hispánica, al revés que César, al que los compatriotas de usted le dieron grandes éxitos-. Cargué como uno más, con casco y lanza en mano. Una experiencia maravillosa, impagable para un historiador que difÃcilmente puede experimentar sobre el terreno el movimiento de masas militares. Mi caballo, por cierto, se llamaba Gladiador.
¿Y qué tal los persas, estaban a la altura?
Eran figurantes franceses, asà que era fácil matarlos.
¿Qué le pareció la pelÃcula?, aparte de su escena.
Oliver Stone admiraba mi libro pero tenÃa ideas propias. Se basó sólo en parte en mi Alejandro Magno. Hay cosas muy interesantes, te permite entender cómo eran las batallas antiguas, la escala. Eran ejércitos enormes, como no se volvieron a ver hasta la edad moderna. Yo me encontré cuestionándome asuntos de logÃstica en los que usualmente no caes: ¿cómo alimentaban a toda esa gente?
Alejandro ha sido carne de novela histórica. ¿Qué opina del género y de cómo lo ha tratado?
El pasado siempre es más sorprendente que la imaginación del novelista. Ellos están muy anclados en su propio mundo y se toman a menudo excesivas licencias: ¡que las cosas pasaran hace sesenta generaciones no significa que no haya que respetar los hechos! Hablamos demasiado de la corrección polÃtica y poco de la corrección cronológica. Se viola demasiado a menudo el pasado.
¿Hay alguna otra figura comparable a Alejandro?
¿En la antigüedad? Se ha sugerido que AnÃbal. La comparación con Julio César es interesante, pero éste no tenÃa la misma fuerza sobre el ejército, no era un rey. Después de la antigüedad… No. Alejandro era tan especial, tan capaz. TenÃa un ojo geométrico, estupendo para el terreno, para dilucidar la forma de moverse y luchar en él. Para mà es el mejor, ¡sin duda!
Via: elpais.com
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