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María Teresa de Austria

Posted By Historiador On Marzo 14, 2011 @ 7:00 am In Personajes | No Comments

María Teresa de Austria - imperioormano.com

La emperatriz consorte del Sacro Imperio fue una mujer ambiciosa, pero también piadosa y familiar, que durante cuarenta años hizo de Viena una de las cortes más brillantes de Europa.

Orgullosa y llena de ambición, la emperatriz de Austria fue también una mujer piadosa y apegada a su familia que durante cuarenta años hizo de Viena una de las cortes más brillantes de Europa. Corría el año 1733, y la joven princesa María Teresa de Habsburgo, archiduquesa de Austria, que contaba apenas 16 años, ya apuntaba las cualidades de mando y fortaleza de carácter que la convertirían en una de las soberanas más poderosas del siglo XVIII, una igual de Catalina la Grande de Rusia, de Luis XV de Francia o de Federico de Prusia, este último su gran enemigo. El hecho de que una mujer fuera heredera del trono de los Habsburgo sólo era posible desde 1713, cuando el emperador Carlos VI, el padre de María Teresa, promulgó una nueva ley, la Pragmática Sanción, que regulaba la sucesión austríaca. En ella establecía que los dominios patrimoniales de los Habsburgo (como los de la actual Austria) serían en el futuro indisolubles, y que a falta de heredero varón podrían heredarlos las hijas o nietas del emperador. Precisamente esa fue la situación que se creó tras la muerte del hijo primogénito de Carlos, en 1716, y el nacimiento, al año siguiente, de María Teresa. Carlos VI proporcionó a su hija una cuidada educación, que incluyó historia, matemáticas, latín e idiomas modernos, además de clases de baile y canto y de etiqueta, y desde los quince años la hizo asistir a los consejos de ministros. Carlos VI falleció el 20 de octubre de 1740.

Dos días después, María Teresa compareció ante la corte. En el palacio real de Viena declaró con voz potente: «Quiero ser vuestra abnegada soberana en todo y vuestra madre hasta la muerte». Pero las dificultades a las que debía enfrentarse parecían muy superiores a las fuerzas de una joven de tan sólo 23 años. La propia María Teresa describió así más tarde el panorama que encontró al llegar al trono: «Nadie me contradirá si afirmo que difícilmente se halla en la historia un ejemplo de otra soberana que haya tomado las riendas del gobierno en circunstancias más penosas que aquellas en que yo me debatía. Las tropas, antaño consideradas como las primeras de Europa y terror de sus enemigos, habían perdido casi todo su prestigio. La peste hacía estragos en la mayor parte del territorio; las fronteras estaban abiertas por todas partes. Unos miles de gulden es todo lo que hallaba yo en las cajas… Las dificultades parecían insuperables». En 1740, Federico II de Prusia lanzó un ataque por sorpresa e invadió Silesia, una región muy poblada y de gran riqueza. Otras potencias europeas también intentaron sacar tajada. Éste fue el momento más crítico del reinado de María Teresa, con una intimidante alianza de enemigos dispuestos a repartirse los despojos de su Imperio. Pero la soberana no se amilanó. Obtuvo la ayuda de Gran Bretaña, temerosa del engrandecimiento de Prusia y Francia en el continente, y convenció asimismo a la nobleza húngara de que pusiera de su parte.

Tras diversos vaivenes, María Teresa salvó la situación y en 1748 negoció un tratado de paz, en Aquisgrán, relativamente favorable; perdía Silesia a manos de Prusia, pero salvaguardaba el grueso de sus Estados. El Imperio austríaco -en manos de nuevo de los Habsburgo después de que Francisco Esteban fuera coronado emperador en 1745- consolidó su unidad y su rango de gran potencia, que mantendría a lo largo del resto del siglo XVIII y de todo el XIX. Pese a su irrefrenable ambición política, María Teresa fue también una mujer de familia. Su matrimonio con Francisco Esteban fue plenamente feliz. Tuvieron dieciséis hijos, de los que sólo diez alcanzaron la madurez. En todos los palacios de la familia imperial -en el Hofburg en invierno o el Schönbrunn en verano-, incluso en los momentos más difíciles de la guerra de sucesión, la alegría era la tónica dominante, con frecuentes comedias, ballets, conciertos y bailes de disfraces.

El carnaval era una de las fiestas preferidas de la reina. La música tenía también gran presencia en la corte vienesa, donde fueron acogidos los principales compositores de la Europa del momento como Haydn, Gluck o Mozart, cuando aún era un niño. Pero, tras años de felicidad, llegaron los reveses de fortuna. En 1761 uno de sus hijos, Carlos José, murió de viruela, a los 16 años. La emperatriz cayó en una profunda depresión y, considerando la viruela como la enemiga de la familia imperial, se cuidó en lo sucesivo de evitar la propagación de la enfermedad por sus dominios, favoreciendo las vacunas. Un golpe aún más duro fue el fallecimiento de su marido Francisco Esteban en 1765, a causa de una apoplejía. Dos años después, ella misma contrajo la viruela mientras cuidaba a su nuera Josefa. A diferencia de ésta, la emperatriz sobrevivió, pero su salud se resintió gravemente. María Teresa murió el 29 de noviembre de 1780, siendo sucedida en el trono imperial por su hijo José II.ç

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