Champollion descifra los jeroglÃficos
19 Febrero, 2011 on 11:27 am | En ArqueologÃa, Egipto, Personajes |

En 1822, el lingüista francés Jean-François Champollion logró descifrar la escritura jeroglÃfica egipcia. La clave fue el estudio de la piedra de Rosetta, una inscripción bilingüe hallada en Egipto en 1799.
En 1822, el erudito francés Jean-François Champollion demostró que la enigmática escritura del Antiguo Egipto podÃa leerse. La Piedra de Rosetta fue la clave de su sensacional descubrimiento. Jean François Champollion nació el 23 de diciembre de 1790 en Figeac, en la Francia meridional.
Su padre, que era librero, y su madre, siempre enferma, casi no se ocuparon de él. Tuvo que ser su hermano Jacques-Joseph, doce años mayor, quien tutelara la formación de un niño precoz hasta el punto de que aprendió a leer, solo, a los cinco años. Siempre fue refractario a la disciplina escolar, por lo que su hermano, residente en Grenoble, decidió que un religioso local se hiciera cargo de su educación. Asà recibió Jean-François las primeras nociones de latÃn y griego y empezó a demostrar su capacidad para las lenguas. A los diez años marchó a Grenoble, junto a Jean-Jacques, donde prosiguió su formación y sumó el hebreo, el árabe, el siriaco y el caldeo a su prodigioso dominio del latÃn y el griego. Joseph Fourier, secretario del Instituto de Egipto, puso a Champollion en contacto con las investigaciones más avanzadas del momento sobre Egipto.
Fue entonces cuando se despertó la incontenible pasión del joven estudioso por el paÃs de los faraones, y decidió resolver el mayor reto al que se enfrentaban los lingüistas del momento: el desciframiento de los jeroglÃficos egipcios. A ese objetivo consagró su extraordinario conocimiento de las lenguas orientales, cuyo estudio ahondó en ParÃs entre 1807 y 1809; allà amplió sus intereses al copto, lengua que desempeñarÃa un papel decisivo en su triunfo final. Ni su precaria salud, ni sus siempre escasos recursos económicos, ni los sinsabores que le reportaron la envidia de ciertos sectores académicos y los vaivenes polÃticos en Francia lograrÃan apartarlo de su propósito. HabÃa un objeto que parecÃa contener la clave para acceder a los secretos de aquella enigmática escritura: la piedra de Rosetta, un fragmento de una antigua estela hallado por un soldado francés en la localidad egipcia de aquel nombre, en 1799, y que los ingleses se llevaron como botÃn de guerra a Londres tras derrotar, en 1801, a las tropas napoleónicas en Egipto.
La estela contenÃa un decreto sacerdotal en honor del faraón Ptolomeo V, datado en el año 196 a.C. y grabado en jeroglÃficos, en demótico (la antigua lengua egipcia) y en griego. Los eruditos confiaban en que, a partir de la inscripción griega de la piedra de Rosetta, podrÃan descifrar los textos en escritura demótica y jeroglÃfica de la estela. Y asà fue, pero no se trató de un camino fácil: desvelar el secreto de los jeroglÃficos costó más de veinte años de Ãmprobos esfuerzos.
El joven Champollion triunfarÃa allà donde se habÃa encallado el cientÃfico y lingüista inglés Thomas Young. Su incansable recopilación y comparación de miles de signos procedentes de inscripciones, obeliscos y papiros de todas las épocas le demostró que habÃa más de trescientos jeroglÃficos, demasiados para tratarse de fonogramas, es decir, para que a cada uno le correspondiera un sonido. El 23 de diciembre de 1821, fecha de su 31 aniversario, se le ocurrió contar todos los jeroglÃficos de la piedra de Rosetta. Eran 1.419, y las palabras del texto griego ascendÃan a 486. Por tanto, los jeroglÃficos tampoco eran ideogramas (signos que representan una idea). De todo ello dedujo una idea fundamental: el texto jeroglÃfico estaba formado por una combinación de ideogramas y fonogramas. Sin embargo, los jeroglÃficos podÃan tener más de un significado. La fluidez de Champollion con el copto le permitirÃa deducir los posibles significados de palabras egipcias en el estadio final del proceso de desciframiento, porque muchos términos coptos eran similares a los que se habÃan empleado un millar de años atrás. HabÃa logrado desvelar el misterio de la escritura jeroglÃfica: sus signos tenÃan a la vez un valor fonético e ideográfico.
Via: historiang.org
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