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La batalla de San Quintín

Posted By Historiador On Diciembre 24, 2010 @ 7:00 am In Historia de España, Personajes | No Comments

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En 1556, el ejército de Felipe II de España derrotó a las tropas francesas ante la plaza fuerte de San Quintín, en Picardía, victoria que marcó el comienzo de la época de mayor esplendor del Imperio español.

Para los franceses, fue una derrota terrible, que dejó diezmada a su nobleza guerrera. Felipe II, en cambio, vio en la batalla el inicio de un reinado triunfal y quiso erigir, para recordarla, el monasterio de El Escorial. Corría el año 1556. La guerra entre España y Francia, que había dominado los reinados de Carlos V y Francisco I, se había reanudado bajo sus sucesores, Felipe II y Enrique II. Este último seguía negándose a aceptar que su país estuviese rodeado por posesiones hispanas y perdiera influencia en Italia.

Enseguida el conflicto se extendió por todos los escenarios posibles, desde Italia hasta los Pirineos, pasando por el norte de Francia y las provincias de los Países Bajos. Los combates decisivos se libraron en este último territorio. El plan del rey de España era invadir la Champaña desde Flandes y ocupar alguna plaza fuerte. En julio de 1557, cuarenta y dos mil hombres, bajo el mando de uno de sus más jóvenes generales, el duque de Saboya, penetraron en suelo francés. Era un ejército internacional compuesto de españoles, italianos, alemanes, borgoñones, saboyanos, húngaros y flamencos. A tres días de distancia le seguía el propio Felipe II con otro ejército de unos veinte mil hombres, en el cual había cinco mil ingleses que su esposa, la reina María Tudor de Inglaterra, le había cedido. Tras un amago sobre Guisa, el duque de Saboya se lanzó el 3 de agosto, de madrugada y con suma rapidez, sobre un nuevo objetivo: el estratégico enclave de Saint-Quentin (San Quintín), a orillas del río Somme. Comenzaba el asedio que daría lugar a una de las batallas más célebres de la historia militar española. Los franceses, por su parte, no habían permanecido inactivos. Un ejército de veintiséis mil hombres, al mando del condestable Anne de Montmorency, había seguido las evoluciones de las fuerzas españolas.

A Montmonercy no le quedó más remedio que marchar al encuentro del ejército del duque de Saboya y plantar batalla. El general francés se sentía seguro de la victoria; era veterano de mil batallas y su oponente, un jovenzuelo inexperto. Pero la realidad era muy distinta. El astuto duque de Saboya había adivinado las intenciones de Montmorency y había enviado sigilosamente a la caballería de Egmont a la ribera por donde avanzaba el ejército galo. Cuando Montmorency ordenó a su caballería ir al encuentro del enemigo, los jinetes franceses se vieron sorprendidos de espalda y de flanco por la caballería de Egmont, que estaba agazapada tras unas lomas desde hacía horas. Tras sufrir numerosas bajas, Montmorency huyó a los bosques de Montescourt para protegerse y reorganizarse. Por su parte, el duque de Saboya sabía que no podía dejar escapar la presa y que debía obligar a Montmorency a presentar batalla. Las fuerzas galas comprobaron que la retirada era imposible. No había otra opción que combatir. Pronto las líneas francesas comenzaron a quebrarse y aparecer huecos. Entonces llegó la infantería, que comprendía el grueso del ejército de Felipe II. El duque de Saboya ordenó atacar con ella, mientras la caballería de Egmont descansaba.

El resultado fue una terrible carnicería, pues sólo se perdonaba a quien se presumía que, por su vestimenta, era un noble por el que se podía pedir rescate. Murieron seis mil franceses, entre ellos unos trescientos miembros de lo más granado de la nobleza, como el duque de Enghien. Montmorency fue apresado, junto con unos siete mil hombres entre los que se encontraban numerosos nobles. Sólo unos cinco mil soldados pudieron escapar dispersándose en la confusión de la batalla. Ya sólo quedaba esperar la toma de San Quintín, que se produjo el 27 de agosto, tras un duro asalto. Tres días después, Felipe II hizo su entrada solemne en San Quintín, dirigiéndose a la iglesia -totalmente expoliada- para dar gracias a Dios por la victoria.

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