Felipe V, la locura del monarca
18 Noviembre, 2010 on 7:00 am | En Historia de España, Personajes |

Las esperanzas que habÃa despertado la llegada a España del primer rey Borbón se desvanecieron cuando el soberano empezó a mostrar un carácter depresivo y descuidó sus deberes de gobierno.
El primer rey Borbón de la monarquÃa española despertó grandes esperanzas entre sus súbditos. Pero su carácter depresivo lo hizo encerrarse en palacio y descuidar sus deberes de gobierno. El 22 de enero de 1701, Felipe de Anjou hizo su entrada solemne en Madrid como nuevo rey de España. TenÃa 17 años y habÃa heredado el trono de los Austrias a la muerte del último representante de esta dinastÃa, Carlos II -y después de no pocas maquinaciones urdidas desde Versalles por su abuelo Luis XIV-.
En septiembre de ese mismo año se casó con MarÃa Luisa Gabriela de Saboya, de apenas 13 años. La apariencia de los nuevos monarcas, jóvenes y apuestos, fue pronto percibida por sus súbditos como un signo de esperanza para una monarquÃa abatida y a la que acechaban numerosos enemigos. Felipe V introdujo numerosas costumbres francesas a su llegada a España, entre ellas el vestido y la etiqueta cortesana. Claro que una cosa era introducir ciertas costumbres nuevas -como el vestido a la francesa, que pronto desplazó al traje de «golilla» español- y otra alterar una etiqueta que concedÃa a la alta nobleza un notable protagonismo.
El estallido de la guerra de la Sucesión en 1702, originada por las aspiraciones de quienes cuestionaban los derechos de Felipe al trono de España, aconsejaba no dar motivos de descontento a los grandes del reino. Por esta razón se decidió que lo mejor serÃa, al menos por el momento, mantener intactas las normas estrictas a la vez que se modificaba el modo de su aplicación. La princesa de los Ursinos fue la auténtica maestra de ceremonias de la corte hasta que en 1714 fue intempestivamente expulsada por la nueva reina, Isabel de Farnesio, con la que Felipe se casó unos meses después de la muerte de MarÃa Luisa. Todos los testimonios que llegaban a Francia coincidÃan en señalar el fastidio con que el joven monarca afrontaba sus apariciones en público.
Felipe ocultaba su retraimiento, apatÃa y falta de confianza en sà mismo. Sus crisis mentales, los famosos «vapores» que le sumergÃan en un profundo ensimismamiento, empezaron a hacerse recurrentes. Gran parte de su jornada transcurrÃa en las habitaciones que compartÃa con la reina. Los monarcas rara vez se separaban uno del otro, escribió Saint-Simon: dormÃan juntos, comÃan juntos, recibÃan juntos y se trasladaban siempre juntos fuera del palacio. Lo que los oficiales del palacio echaban en falta era, sencillamente, alguna pauta a la que atenerse. Para la mayorÃa, la única oportunidad de dirigirse al monarca se presentaba cuando éste abandonaba sus habitaciones para encaminarse a una audiencia pública (lo que sucedÃa raramente) o para trasladarse a la capilla (lo que hacÃa con más frecuencia).
Tras la guerra de Sucesión la familia real adquirió la costumbre de abandonar Madrid durante gran parte del año, normalmente entre Semana Santa y principios de diciembre. Todo da a entender que lo que realmente buscaba Felipe era mayor aislamiento, razón por la cual se hacÃa acompañar de un séquito muy reducido. En 1727 padeció una crisis severa que lo dejó sumido en un mutismo absoluto y le alejó casi definitivamente de toda cuestión de gobierno. Con el fin de aliviar algo esta situación, Isabel de Farnesio proyectó en 1730 el traslado de la corte a AndalucÃa. Pero todo resultó inútil. De hecho, fue residiendo en Sevilla cuando el proceso de locura se hizo irreversible. El rey empezó a negarse a hablar con nadie que no formara parte de su entorno más directo, a descuidar su aspecto e higiene personal de forma alarmante y, lo más sorprendente para muchos, a invertir su horario, trastocando el dÃa por la noche.
Via: historiang.com
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