Atapuerca: los canÃbales inocentes
14 Septiembre, 2010 on 7:00 am | En ArqueologÃa, Edad de bronce |

Se los comÃan. Agarraban los cadáveres de mujeres, niños y hombres y sistemáticamente separaban los músculos, la carne, de los huesos. Con los prodigiosos filos de piedra que eran el triunfo de su tecnologÃa tajaban la piel y la carne en los lugares exactos donde los músculos se unen al hueso para separar los paquetes musculares con precisión de cirujano, o carnicero.
Destazaban los cuerpos de otros seres humanos igual que lo hacÃan con los ciervos o caballos que cazaban, indudablemente con la misma intención. ComÃan, sin duda y de modo habitual, la carne de sus semejantes muertos por quién sabe qué enfermedades, accidentes o ataques animales, pues no tenemos pruebas de que la muerte fuese deliberada.
Hace casi un millón de años los humanos que vivÃan en las cuevas que hoy llamamos Trinchera Dolina, de la pequeña Sierra de Atapuerca, en Burgos, se alimentaban de la carne de sus muertos.
Y sin embargo no eran canÃbales; no como entendemos este término.
Conocemos casos de canibalismo en culturas históricas, aunque menos de los que pensamos: acusar de canÃbales a sus enemigos ha sido parte habitual de los argumentos de los pueblos conquistadores para justificar su agresión.
Existen, sin embargo, casos comprobados de antropofagia, y no sólo en casos de emergencia por circunstancias catastróficas y necesidad imperiosa.
Algunos pueblos guerreros hicieron costumbre de devorar los cuerpos de sus enemigos caÃdos, o aquellos órganos especÃficos (corazón, hÃgado) donde pensaban que se almacenaba el valor. Algunos pueblos de las Américas como los guaranÃes o los aztecas usaban el consumo de carne humana, manjar de dioses, en sus ceremonias religiosas; una suerte de comunión que los cristianos (la secta teófaga, que decÃan los filósofos paganos) recrea en forma ritual. Algunas tribus de Nueva Guinea como los Fore incorporaron el canibalismo a sus rituales funerarios, en este caso consumiendo el cerebro de sus muertos (y extendiendo con ello una letal infección); otras culturas isleñas del área devoraban sin recato a sus enemigos vencidos (el llamado ‘Cerdo Largo’).
Todos estos grupos reconocÃan la singularidad del acto y sus implicaciones; todos eran canÃbales conscientes que consideraban¿perfectamente válidas sus razones para consumir carne humana reconociendo su excepcionalidad.
Pero para que exista un tabú que hay que superar, para que el canibalismo sea una forma especialmente horrible de alimentación, hay que reconocer que la carne humana es diferente; hay que distinguir entre el cadáver de un humano y el de un rinoceronte o una liebre. Para ser canÃbal, en el verdadero sentido del término, es necesario comprender que no es lo mismo comerse un filete de ser humano que comerse un filete de caballo. Y no hay pruebas de que los humanos cuyos restos aparecen en el nivel 6 de Trinchera Dolina, en Atapuerca, hiciesen esta crucial distinción.
Para un carnÃvoro un filete es un filete, con independencia de su origen. Los leones o las hienas no le hacen ascos a meterle una dentellada al cuerpo de un semejante; de hecho la muerte de crÃas nacidas de otros padres por nuevos lÃderes de harén está bien documentada en los grandes félidos.
Si los tigres no cazan otros tigres y las orcas no cazan otras orcas no es por alguna repugnancia moral, sino porque no es negocio: hay demasiados pocos tigres y orcas, y además son enemigos demasiado peligrosos.
Los tiburones no tienen escrúpulos en atacar y devorar a otros tiburones cuando se enzarzan en un frenesà asesino; una piraña herida no dura más que cualquier otro animal que sangre. En el mundo natural el perro sà que come carne de perro, porque no hay distinción ninguna y un cuerpo está tan lleno de proteÃnas como cualquier otro. No hay canibalismo: tan sólo alimentación.
No tenemos pruebas de que los seres humanos hiciesen esta crucial distinción hasta más tarde; precisamente hasta el yacimiento de la Sima de los Huesos, en la misma Sierra de Atapuerca, medio millón de años posterior a sus antepasados devoradores de sà mismos. Allà por primera vez se detecta un patrón que demuestra que aquellos sà distinguÃan entre los cuerpos de sus semejantes y los del resto del mundo animal; que separaban y trataban de modo diferente a sus muertos que a los muertos del resto de las especies animales.
En la Sima de los Huesos hay una acumulación selectiva de cuerpos humanos colocados aparte, reconocidos por tanto como distintos y especiales, tal vez despedidos (al menos ocasionalmente) con algún tipo de ritual, como sugiere la presencia de una bellÃsima hacha de piedra roja que quizá fuera una ofrenda.
En los restos humanos arrojados deliberadamente a la Sima de los Huesos no aparecen los finos y rectos rasguños en las zonas de inserción muscular que denotan el corte de la carne para consumirla: no habÃa antropofagia en aquellos moradores, para los que sin embargo la carne humana muerta era ya diferente de la carne de otros animales; los cadáveres de sus semejantes distintos de cualquier fuente de alimento.
Los humanos de la Sima ya eran capaces de empatÃa, de ponerse en el lugar del muerto, de comprender la diferencia entre ellos y el resto del mundo animal.
Para sus ancestros, medio millón de años antes esta diferencia no nos consta que existiera. Sabemos que devoraban a sus muertos, pero no nos consta que sintieran el estigma, el horror o el tabú que conlleva la antropofagia; porque no sabÃan. Fueron canÃbales, sÃ, pero canÃbales inocentes.
Via: rtve.es
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