La vida en la legión romana
27 January, 2010 on 7:21 am | En Roma, Hispania, Historia de España |

El poder de Roma descansaba en una prodigiosa máquina militar: la legión. Sus miembros eran hombres curtidos, capaces de recorrer decenas de kilómetros por territorio hostil, expertos en labores de ingenierÃa y guerreros temibles en el campo de batalla.
Las legiones eran la columna vertebral del Imperio. Sus hombres recorrÃan decenas de kilómetros al dÃa, alzaban campamentos, construÃan puentes y calzadas y resultaban temibles en el campo de batalla. La imparable expansión de Roma fue posible gracias a su ejército, y si el Imperio romano pudo mantenerse durante tantos siglos fue gracias a la múltiple actividad de los destacamentos que defendÃan las fronteras, invadÃan territorios enemigos, reprimÃan revueltas, designaban nuevos emperadores…
La clave de ese poderÃo militar se basó no tanto en el número de hombres o su equipamiento, sin o en su disciplina. Y el elemento fundamental de la organización era, en efecto, la legión, unidad de infanterÃa integrada por los «soldados legionarios», ‘milites legionarii’. A comienzos del siglo I a.C., Cayo Mario llevó a su perfección el modelo de ejército romano, con la introducción de una nueva unidad operativa: la cohorte. Tras la reforma que llevó a cabo, cada legión, con un total de 4.800 soldados de infanterÃa, quedó dividida en diez cohortes, que a su vez estaban formadas por seis centurias cada una. A la hora de entablar combate, las diez cohortes formaban en tres lÃneas constituyendo un «muro de hierro», según Flavio Vegecio Renato. La clave de la supremacÃa de la legión romana residÃa en que sus integrantes, los «soldados legionarios», no eran mercenarios, cosa habitual en los ejércitos a los que tuvo que enfrentarse, sino ciudadanos. Cayo Mario abrió el reclutamiento a todos los ciudadanos, introduciendo el voluntariado y el ejército profesional y permanente. Hasta la última época, en que el ejército pasó a estar integrado por mercenarios bárbaros, se mantendrÃa la condición de ser ciudadano romano para ser reclutado como «soldado legionario».
Pero la revolución de Mario tuvo consecuencias muy negativas desde el punto de vista polÃtico. La lealtad del soldado cambió de signo. El patriotismo, «que convirtió a las legiones de la República en tropas casi invencibles» (como escribÃa Gibbon), fue sustituido por la fidelidad al general al mando (imperator), y por el vÃnculo casi religioso del soldado con la unidad a que pertenecÃa y cuyas enseñas habÃa jurado defender al enrolarse. Ésa fue la causa de que la República acabara en medio de enfrentamientos entre generales hasta convertirse en la dictadura militar que conocemos con el nombre de régimen imperial. Los campesinos dieron el mayor contingente de reclutas. También eran bien vistos los habitantes de las ciudades que tuvieran oficios rudos y especialmente útiles, como herreros, carpinteros o canteros. El joven legionario se enrolaba por un perÃodo de 25 años, y lo normal era que se reenganchase hasta la edad de jubilación (60 años), si sobrevivÃa. Entonces era licenciado (emérito) y recibÃa una compensación en tierras o en metálico.
Mérida, por ejemplo, debe su nombre romano, Emerita Augusta, a que allà estableció Augusto a los veteranos licenciados tras las guerras cántabras. En las cercanÃas de los acuartelamientos estables estables se formaban auténticos poblados, germen en muchos casos de ciudades, como fue el caso de León, sede de la ‘Legio VII’. Una de las claves del poderÃo de Roma fue, según Vegecio, «la exacta observancia de la disciplina en sus campamentos».
Via: historiang.com
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