Justiniano I, el Grande
4 November, 2009 on 7:56 am | En Roma, Historia Religión, Imperios |

Mientras el Imperio romano de Occidente sucumbía ante los pueblos germánicos, su parte oriental resistió con éxito a los invasores. La ambición de Justiniano, el emperador de Oriente, fue arrebatar a los bárbaros los territorios romanos que habían ocupado, para restaurar el Imperio en toda su gloria. A ello dedicó su vida y su fortuna, que enterró en duras campañas militares.
Señor del Imperio romano de Oriente, la ambición de Justiniano fue arrebatar a los bárbaros los territorios que habían ocupado en Occidente, para restaurar el Imperio romano en toda su gloria. La propia época de Justiniano fascina por los veloces cambios de los que fue testigo y que tantas veces llevaron de la gloria al fracaso y viceversa. La consigna de la época era la ‘Restauratio Imperii’, la reconquista del Imperio.
Los bárbaros se habían apoderado de Roma, deponiendo a su último emperador en 476, y campaban a sus anchas por las prósperas provincias del antiguo Imperio de Occidente. Frente a ellos, Constantinopla -la capital del Imperio romano de Oriente- se erigía a comienzos del siglo VI como símbolo de todo el glorioso pasado de la Romanizad y del futuro de la Cristiandad. La «Nueva Roma» poseía los medios (hombres, naves, dinero…) para emprender la reconquista de los territorios perdidos ante los bárbaros. Sólo faltaba una figura carismática que aunara el interés político y el fervor religioso para dar inicio a la gran aventura de recuperar el Imperio. Y ése fue Justiniano.
Nacido en 482 en la aldea iliria de Tauresium con el nombre de Flavio Pedro Sabacio Justiniano, al llegar al poder asumió la sagrada misión de restablecer el gastado esplendor de Roma frente a bárbaros, por un lado, y herejes y paganos, por el otro. Para llevar a cabo sus planes de restauración imperial supo rodearse de brillantes personajes como los incansables generales Belisario y Narsés, el astuto prefecto del pretorio, Juan de Capadocia, el jurista Triboniano, el poeta Pablo Silenciario y los historiadores Procopio y Agatías.
El gran general Belisario fue el brazo ejecutor de las fulgurantes conquistas de Justiniano en los cuatro rincones del mundo: Italia, África, Hispania, Persia, el Danubio. En cambio, el mérito indudable del diplomático general Narsés fue la consolidación del dominio bizantino en Italia tras neutralizar al peligroso rey godo Totila. El reinado de Justiniano se caracteriza por un legado ambivalente. En su haber se cuentan los fulgurantes éxitos del programa de restauración del Imperio, como las conquistas militares, la renovación del antiguo Derecho romano (con el código que lleva el nombre del emperador) y el embellecimiento arquitectónico de su capital, Constantinopla (la antigua Bizancio). La otra cara de este legado es, sin duda, la política religiosa de Justiniano. Su época se caracterizó por la estrecha unión entre poder y religión, y por la adopción del cristianismo ortodoxo como arma política frente al paganismo y la herejia.
Via: historiang.com
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