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Diario de un corresponsal de guerra

Posted By Historiador On Octubre 30, 2009 @ 7:07 am In Actualidad, II Guerra Mundial, Libros | 1 Comment

Diario de un corresponsal de guerra - imperioromano.com

Publicado por primera vez en castellano, Diario de Berlín es uno de los mejores retratos que se han escrito sobre la vida cotidiana en la Alemania nazi y las intrigas de Hitler que llevaron a la Segunda Guerra Mundial.

Tres días después del inicio de la invasión alemana a Polonia, Berlín, la capital del III Reich, vivía un inusual día soleado. Nada hacia presagiar la gravedad del minuto que se estaba viviendo. “Me hallaba en la Wilhelmsplatz cuando, de pronto, los altavoces anunciaron que Inglaterra se había declarado en guerra con Alemania. Unas 250 personas tomaban allí el sol. Escucharon atentamente el anuncio. Cuando hubo acabado, no se oyó ni un murmullo. Continuaron inmóviles, tal como estaban antes. Atónitas. El pueblo no se da cuenta aún de que Hitler los ha llevado a una guerra mundial”, escribió el periodista estadounidense William Shirer el 3 de septiembre de 1939.

La nota se lee en Diario de Berlín: Un corresponsal extranjero en la Alemania de Hitler. Aunque el libro data de 1941 y es uno de los mejores retratos que se hayan escrito sobre la vida de los alemanes en la preguerra, sólo ahora fue editado en español.

Asentado en Berlín desde 1934, donde fue corresponsal del Herald Tribune y la cadena CBS, Shirer fue unos de los observadores in situ más agudos de la Alemania nazi, sus líderes y las tendencias que en ella se venían gestando. Sus contactos con las altas esferas del régimen le permitieron asestar un golpe periodístico tras otro. Fue uno de los 12 periodistas extranjeros autorizados por el alto mando para acompañar al ejército alemán en la invasión a Francia y el primero en informar sobre el armisticio, firmado en Compiègne, el 22 de junio de 1940, por el mariscal Pétain.

Su labor nunca fue fácil. No sólo debía luchar contra los detalles técnicos de las transmisiones interoceánicas. También estaba la censura; sus despachos eran sometidos a estricta revisión y, a medida que avanzaba la guerra, la situación empeoró.

Fue esta la principal razón por la que Shirer llevó un diario secreto. Tenía que mantenerlo oculto: con la Gestapo no se jugaba. Al salir de Alemania, pudo rescatar la mayoría de sus notas. El material también le sirvió para su monumental Auge y caída del Tercer Reich, publicado en 1961, libro clave sobre la Alemania nacionalsocialista.

Las intrigas políticas, las amenazas y maniobras nazis para anexar Austria, la invasión de Polonia y la “guerra relámpago” en Francia, entre otros aspectos, son dibujados con profundidad por Shirer. Por el pulso de sus descripciones, unidas a impresiones personales y anécdotas, el libro se lee como si fuera un thriller.

Son los líderes nazis y la vida cotidiana los que tienen los mejores retratos del periodista. Como era de esperar, el propio Hitler captó su atención en más de un episodio. Un ejemplo. Estando en Godesberg, a orillas del Rin, para cubrir las negociaciones anglo-germanas por el futuro de Checoslovaquia, el Führer pasó por su lado. “Bien mirado, era una forma muy curiosa de caminar. Para empezar era muy femenina. A pasitos menudos. En segundo lugar, cada pocos pasos ladeaba nerviosamente el hombro derecho, a la vez que la pierna izquierda sufría como una sacudida”. Más tarde, alguien le explicó que eran secuelas de berrinches y crisis nerviosas por culpa de los checos.

El libro también recuerda que los berlineses vivieron sin sobresaltos hasta bien entrada la guerra: tuvieron aseguradas sus raciones de cerveza y alimentos. El día de la invasión a Polonia la vida siguió su curso: “En esta primera noche de guerra (…) los cafés, restaurantes y cervecerías estaban de bote en bote”.

Shirer llegó lejos e incluso averiguó detalles del programa de desaparición y eugenesia de miles de enfermos mentales en siquiátricos del país.

Es precisamente sobre estas manifestaciones de barbarie cuando Shirer da muestra de un estilo más reflexivo. Las causas de ellas no se deben a que “una reducida pandilla de matones sin principios hayan tomado el control de esta tierra (…) Una de esas raíces es el extraño y contradictorio carácter del pueblo alemán”. Carácter, según Shirer, constantemente desgarrado por contradicciones y frustraciones, que hicieron sumirse “con un gozo casi masoquista” ante un líder autoritario que los liberó de las tensiones propias de la democracia y de la carga de tener que decidir por sí mismos.

Via: [1] latercera.com


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