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El sótano de los horrores

Posted By Historiador On Junio 27, 2009 @ 8:49 am In Actualidad, II Guerra Mundial | 1 Comment

 El sótano de los horrores - imperioromano.com

Con más de 50 años de retraso y más de tres millones de ejemplares vendidos por todo el mundo, aparece la primera traducción al castellano de ‘Tengo 15 años y no quiero morir’, escrito por una superviviente húngara de la II Guerra Mundial

El suyo no fue el único sótano que sirvió de refugio para salvar la vida. La historia de la literatura está plagada de guerras con bodegas en ruinas, repletas de vecinos que se esconden de la muerte. Pero el sótano de Christine Arnothy, en Budapest tomada por los nazis y asediada por el Ejército ruso, sí es único, porque en él escribió a los 15 años de edad un diario que, diez años más tarde, en 1955, se convertiría en una de las novelas más reveladoras sobre la barbarie de la II Guerra Mundial.

Después de tres millones de ejemplares vendidos en todo el mundo y con más de medio siglo de retraso llega a las librerías españolas Tengo 15 años y no quiero morir, gracias al buen olfato de la recién aparecida Barril y Barral editores.

La escritora húngara está a punto de cumplir los 80 años y estos días pasa sus vacaciones en Suiza, desde donde atiende por teléfono para explicar cómo es posible que hasta el momento no hayamos podido disfrutar de este desgarrador relato. “No tengo explicación”, reconoce Arnothy en francés. “Pero siempre me afectó mucho; no lo entendía. ¿Por qué los españoles no me traducen? ¿Por qué un pueblo tan grande y culto, con su gran tradición literaria no quiere saber nada de este libro? La única explicación que me daba era que o bien no caía bien o bien no había editores Hoy soy feliz”, explica emocionada mientras halaga a Cervantes.

Intimidades a la carta
La autora húngara escribía cada día alumbrada por una vela, con sus bolígrafos y los papeles, apoyada sobre el reverso de una caja. Empezó preguntándose cómo podían haber dejado el gran apartamento de la quinta planta. Ellos, una familia sin problemas, con casas en el campo, con sus abrigos de pieles y su piano de cola. Cómo podía ser que su vida cambiara sin aviso, primero con la llegada de los nazis. Tampoco podía creer que meses más tarde cuando volvía a huir de su casa de campo, esta vez del Ejército ruso se viera arrancando todas las páginas de su diario para esconderlas entre su ropa.

Por la juventud de la narradora enfrentada a la brutalidad de los acontecimientos se ha tendido a comparar con El diario de Anna Frank, pero es cierto que esta autobiografía tiene poco de diario. Es una elaboración cuidada, con una clara intención narrativa, que lleva la crónica más allá del apunte y lo acerca al relato sobrecogedor. Ella misma no entiende la comparación: “No tiene sentido. Sí, éramos dos niñas, pero no es el mismo país, ni la misma sociedad. Ella tuvo el gran mérito de llamar la atención sobre lo que pasó en su país”, advierte con una declarada falsa modestia.

Ambos testimonios participan de la historia menos oficial y más íntima, como en su día lo hizo Diario (Anagrama) de Hélène Berr en la Alemania de 1942; o El diario de Zlata (Aguilar), de Zlata Filipovich en la guerra de Bosnia; o la novela gráfica Por nuestra cuenta (Ponent Mon), de Miriam Katin, que también recoge el Budapest invadido por los nazis y tomado por los rusos. La propia Christine Arnothy reconoce que las “historias de amor” nunca le han gustado, que el “interés de su existencia” es no dejar escapar la memoria.

“Pasar página y olvidar es completamente absurdo. Hay que recordarlo todo y ser capaces de digerir lo que vivimos porque es enriquecedor si no ¿cuál es el motivo de un escritor? Un escritor es memoria, acción y creación”, reconoce la escritora, que no lo duda: volvería a vivirlo, a pasarlo, a sufrirlo, “sin problemas”.

Esta mujer es dura de pelar. En uno de los momentos más crueles de la novela escribe: “A mediodía habíamos bebido toda el agua que nos quedaba. Ahora ya no hay agua. Ni una gota. Sólo había sangre, sangre, por todas partes sangre”. Lo que más estremece del relato es la normalidad con la que se enfrenta a todo ese horror.

La ciudad está en ruinas, la población civil en medio de la masacre entre dos ejércitos y ella consigue que la barbaridad sea cotidiana, y que el silencio se vuelva insoportable. Cuando las bombas que estallan en la ciudad, las botas del trote de los soldados y los disparos de las ametralladoras son el runrún que ya ni se siente, la calma se convierte en la amenaza que anuncia lo peor.

Arnothy explica a este periódico que un escritor trabaja sobre lo inmediato, que apenas eran conscientes de que estaban vivos. “Nos acostumbramos pronto a las ruinas. Lo horroroso no son los cadáveres en la carretera que nos encontrábamos cuando íbamos a buscar el agua. Lo horrible era el silencio”, recuerda.

Todo era tan corriente como los cambios de estaciones: “Uno casi se estremece al comprobar el mecanismo de la eterna primavera, que hace brotar retoños verdes entre los dedos de un cadáver”. En una ciudad en ruinas, todas las nociones morales quedaron alteradas: lo repugnante no parecía inconcebible y “los corazones duros tenían más posibilidades de sobrevivir que los corazones tiernos”.

El silencio que días antes le acompañaba en la lectura de La piel de zapa, de Balzac, se había vuelto incómodo, tanto como la escasa luz con la que seguía la lectura del libro, ya en el sótano. “Tengo ganas de leer, pero enseguida mis ojos lagrimean. Mi madre no cesa de advertirme que si sigo así, tendrán que ponerme gafas”, y se pregunta ¿cómo puede preocuparse uno por la suerte de sus ojos cuando le quedan pocos días de vida? “En este momento no temo a la muerte; sólo me asusta el paso de esta vida a la otra”, escribe.

Todos bárbaros
A pesar de que Christine asegure más de 60 años después que de aquella experiencia aprendió muchísimo y que lo volvería a repetir, en el libro deja clara la desesperación y el absurdo de un destino que juega a capricho con sus limitadas esperanzas. Incluso llega a soñar con volver a nacer para que la vida se apiade de ella y de su familia de una vez por todas. Sueña “con una vida propia” y lo que busca es poder dejar de estar a la intemperie de la maldad del ser humano.

Su padre vio en la gente más cercana esa cara oscura, que había permanecido oculta hasta ese momento: “Ahora que la guerra ha invadido nuestras calles, todo el mundo se ha transformado en soldado, hasta los inválidos, los niños, las mujeres y los ancianos”, escribe que dijo su padre. La figura paterna en todo el relato es la presencia de la templanza en medio del caos, que pide calma y juicio para reservar todas las fuerzas posibles ante la llegada de las pruebas más penosas. De hecho, fueron tres años de desgracias en su huida del sótano al campo. Tres años en los que la convivencia parecía imposible.

Con mucho retraso, el lector español volverá a pasar por otro testimonio dramático de un superviviente del horror, que no ha perdido un ápice de dolor en todo este tiempo. “Ciertamente, es un libro que recorre el mundo para decir “no olvidéis el terror ni las guerras, porque todo ha terminado y todo puede volver a ocurrir”, asegura Christine Arnothy, que cree que el libro sigue atrapando porque “se siente que lo que se lee es la verdad absoluta”.

Via: [1] publico.es


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