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Algunos hombres que sobrevivieron al ‘Doctor Muerte’ hoy tratan de olvidar

Posted By Historiador On Febrero 22, 2009 @ 7:37 am In Actualidad, II Guerra Mundial | 2 Comments

Algunos hombres que sobrevivieron al 'Doctor Muerte': hoy tratan de olvidar - imperioromano.com

* Alrededor de 7.300 españoles fueron deportados a Mauthausen, sólo 2.000 sobrevivieron
* Mariano Constante y José Alcubierre lograron salir con vida de allí
* Un día después de la noticia sobre la muerte de Aribert Heim, recuerdan su paso

“Para nosotros, el ‘Doctor Muerte’ eran todos”. Mariano Constante estuvo cuatro años de su vida en el campo de concentración de Mauthausen. Fue uno de los alrededor de 7.300 españoles deportados allí. Sólo sobrevivieron 2.000. A sus 89 años le empieza a fallar la memoria, pero no se olvida de lo terrible que fueron esos años en los que dejó de existir como Mariano y pasó a llamarse Spanier 4584. Tampoco José Alcubierre olvida. Llegó a Mauthausen cuando tenía 15 años, el 24 de agosto de 1940. Iba con su padre, que perdió la vida a manos de los nazis. José recuerda especialmente el día que creyó ver a Aribert Heim, el famoso ‘Doctor Muerte’.

“Seguramente lo vi aquel día, pero nadie me dijo que fuera él”. En el campo de concentración todos sabían de la existencia de este médico de las SS llegado en 1941. “El capitán de los tres clavos”, lo define Alcubierre. Trabajaba en la enfermería y habían oído que realizaba experimentos médicos. “Se decía que quien entraba vivo en la enfermería, salía muerto”, asegura. El día que fue a parar allí hizo todo lo posible por no acabar como otros.

José Alcubierre tiene ahora 84 años y vive en París. Se acaba de enterar por un periódico que el doctor Heim falleció en El Cairo en 1992, víctima de un cáncer de colon. La noticia, adelantada en exclusiva por la cadena de televisión alemana ZDF y The New York Times, cuenta que Heim pasó la mayor parte del tiempo, tras su desaparición en 1962, en la capital egipcia oculto bajo el nombre de Tarek Hussein Farid. Vivía cerca de Jerusalén, donde trabaja el historiador Efraim Zuroff, más conocido como ‘el último cazador de nazis’. Zuroff se negaba ayer a que esta noticia diese por terminados sus años de búsqueda. “No hay cadáver, no hay tumba. ¿Por qué damos por hecho que es él?“, aseguraba a soitu.es.

José Alcubierre cuenta que fue a parar a la enfermería por una lesión en el dedo gordo del pie izquierdo. Recuerda que al entrar lo recibió Ramón, “un catalán que era más malo que la telita” y que, a pesar de ser compatriota, no le libró de tener que pasar por la ducha de agua fría. Al tercer día de estar allí, “llegó el capitán, el famoso capitán. Así que le dije a Ramón: ‘yo me quiero ir a la barraca, estoy curado’. Me interesaba salir de la enfermería porque habíamos oído que hacían la inyección del corazón”. “Decían que eran inyecciones de gasolina, fenol y agua, pero yo no te lo puedo asegurar”, continúa.

Torturas y más torturas

torturas mathausen - imperioromano.comLas prácticas del Dr. Heim y todo su equipo —acusado también de realizar extirpaciones de órganos sin anestesia— no eran las únicas torturas que sufrieron los deportados en Mauthausen. Hubo decapitados, tiroteos masivos, muertos de hambre, duchas heladas, víctimas de la cámara de gas, del crematorio, deportados arrojados en las alambradas y también palizas.

José recuerda una de ellas. “Un día, cuando estaba trabajando en la cocina con otros dos compañeros, vino el jefe y me dijo: ‘ven aquí español. ¿De dónde eres tú?’ Le dije que de Barcelona y me preguntó qué le diría si un día nos cruzábamos por la calle. ‘Gutten morgen, herr’ (buenos días, señor), respondí. Entonces empezó a pegarme. Me pegó por la espalda, por los bajos, por todo. Lo que no podía hacer era caer porque sino me daría patadas”, cuenta. Sus dos compañeros, uno de Madrid y otro asturiano, sufrieron lo mismo. “Estuvimos varios días sin poder movernos”, explica.

Pero la peor paliza para José fue la que le costó la vida a su padre. Ocurrió en el campo de Gusen, donde había sido trasladado poco después de llegar para trabajar en la cantera. Se la contó un camarada, que fue testigo. “Pasó lo que tenía que pasar. Un día iban él y otros dos compañeros, les llamaban los mañicos, y uno cayó al suelo agotado. Entonces vino el cabo y empezó a pegarle. ‘Levántate que eres un gandul, que no quieres trabajar’, le decía. Los otros dos se pusieron alrededor para protegerle. El cabo buscó refuerzos y comenzaron a pegar a los tres. Cayeron al suelo y continuaron dándoles patadas. Y así fue como murió mi padre, a puntapiés”, recuerda.

Mariano Constante explica desde Montpellier que “la muerte estaba en todas partes, cuando comías, cuando ibas al váter, podían matarte en cualquier momento: Mauthausen era una fábrica de asesinar”. Cualquier ocasión era buena para ponerte la zancadilla o darte una patada. “Si me hubieran dado tantos francos como golpes recibí, sería multimillonario”, dice. A principios de 1941, la misma fecha en que llegó Heim, los nazis calificaron este campo de concentración como de categoría III, la más dura. Se calcula que de los casi 200.000 prisioneros que pasaron por allí en menos de ocho años —desde octubre de 1938 al 5 de mayo de 1945—, unos 119.000 perdieron la vida. “Era un campo de exterminio. Y eso es, liquidar a un ser humano hasta el final, hasta que deja de existir”, explica.
La cantera de los 186 escalones

Mariano llegó a Mauthausen casi un año después que José. Tenía 21 años y, aunque venía de otro campo de concentración, Mauthausen le impactó especialmente. “Sentí una opresión inmensa, atenazadora, que me hacía un nudo en la garganta, de donde no podía salir una sola palabra. Aquella imagen era la que yo me hacía del infierno”, relata en su libro ‘Los años rojos’. Al llegar les dijeron: “Aquí estáis en Mauthausen. De este campo no saldrá con vida ni uno solo de vosotros, pasaréis todos en humo por la chimenea del crematorio“.

Las primeras muertes que vio Mariano fueron las de compañeros despeñados por la cantera. La llamaban la cantera de los 186 escalones. Ése era el número de peldaños que tenían que subir y bajar cada vez que tenían que transportar una piedra. “Los SS empujaban a los compañeros desde lo alto y se caían abajo, donde estábamos nosotros. Las pocas semanas que estuve trabajando allí —después, gracias a que sabía alemán, le encomendaron otras labores— moría al menos uno al día. Era un pasatiempo para los alemanes”, señala. José Alcubierre nos cuenta que ellos bautizaron el lugar como “la cantera de los paracaidistas”.

El convoy de los 927, en el que llegó Alcubierre cuando fue capturado por los nazis en el campo de refugiados de Angulema, fue el primer tren de europeos no germánicos que ‘desembarcó’ en el lugar. Después vinieron otros, la mayoría catalanes que habían cruzado la frontera francesa en febrero de 1939 tras la caída de Cataluña. Mauthausen se convirtió en el campo de los españoles. Su superioridad numérica y su veteranía les permitió organizarse y tomar posiciones. Muchos, como Mariano, pasaron a realizar trabajos especializados, donde las posibilidades de sobrevivir eran mucho mayores que en la cantera. “Aún así, murieron muchísimos”, explica. En total 5.000 españoles fallecieron allí. Algunos a manos del ‘Doctor Muerte”.

Via: [1] soitu.es


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